Llegué en la madrugada del 24 de Marzo a Esquel. En el camino llovía y
neviscaba. Ha sido un largo recorrido de retorno desde Chiapas a Chubut,
de la Autonomía rebelde zapatista al
bizarro escenario político provincial, en el que sorprendidos y
aterrados los chubutenses, descubren que el Gobierno de Das Neves nos
dejó en quiebra, algo que nosotros los activistas veníamos denunciado
desde hacia rato. En el camino vi pañuelos en el suelo pintados y
borrados, sin embargo no pudieron evitar la silueta blanquecina que los
contorneaba, y los volvía a mostrar como un símbolo en aquel desolado
camino. Pensé en la memoria, en cómo los estados la han manipulado, la
han desdibujado, incluso la han intentado borrar, la memoria de un
pueblo puede ser muy peligrosa para la gobernabilidad de los tiranos. La
memoria es el cofre en donde se guarda la verdad y cuando ese cofre se
abre sale disparada ella, vociferando justicia.
Hace años sufriendo
un mal de amor fui a ver a una machi para consultarle por la persona
amada, ella me respondió: ese hombre tiene corazón de niño, bastaba
conocer cómo son los niños para saber cómo iría comportarse ese corazón
infantil. Pasó el tiempo y otra vez aquejada por otro amor consulté a la
machi y ésta vez, era otra machi la que me miró a los ojos apenada y me
dijo: ese hombre tiene corazón cobarde, bastaba con ver sus miedos para
saber lo que haría. Me pregunto: ¿cuál será el corazón de Argentina?,
porque según nosotros, los mapuches, la estructura de un ser es
inalterable, el ladrón será siempre ladrón, el traidor será siempre
traidor y el asesino lo será también por siempre. El estado Nación
Argentino nació con un corazón genocida. No dudo en intentar eliminar a
las naciones originarias que aquí estábamos, a la hora de invadirnos y
emplazar su estado. Justificó sus crímenes bajo la escusa de
civilización y barbarie. Más tarde su mano asesina empuñaría las armas
contra sus propios hijos sensibles, rebeldes y pensantes, los llamaría
terroristas y otra vez argumentando justicia en nombre de la patria los
mataría por subversivos. Los territorios tienen memoria, y esa crueldad
hecha energía, vuelve una y otra vez sino se repara, sólo puede ser
reparada con justicia. Hoy nuevamente el estado sale a matar,
encarcelar, torturar, reprimir a los disidentes. Pero algo es
contundente en la piel de nuestros cuerpos cobrizos, jamás el estado
argentino paró su látigo represor contra nosotros, todos los gobiernos
sin excepción tienen sangre indígena en sus manos, todos tienen
desaparecidos indígenas. Recuerdo mi conversación con la Longko Silvia
Ranquehue, hace ya muchos años, quien me contaba como durante la
dictadura, los militares se la llevaron al penal de de Viedma, y allí
presa por su condición de mapuche, por defender su territorio contra el
ejército que pretendía apropiárselo, Conoció a otros tantos pu lamngen
mapuches que al igual que ella estaban presos y de los que nunca más
volvió a saber, son parte de los desaparecidos indígenas que se chupó la
dictadura y de los que nadie habla. Es triste ver que aún no se ha
entendido, que para que los 30.000 desaparecidos alcancen justicia, y
halla paz, no basta con encarcelar a sus represores, además de castigo
para ellos, el motivo de la lucha que los llevó a entregar sus vidas
debe recuperarse como un estandarte. Ellos, los que murieron peleando
¿permitirían el racismo con que el estado pretende una vez más
aniquilarnos?
El estado descubre su fórmula mágica para destejer la memoria, realza los recuerdos con falsas simbologías, destruye la verdad, establece la mentira, pero los territorios tienen memoria, se emplazan en nuestra alma, nos habitan despertando todos nuestros sentidos, y abren nuestros ojos vendados, nuestras muertas y nuestros muertos, nos hablan al oído y sus palabras fortalecen el corazón, y es ahí cuando tenemos la certeza de que jamás podrán vencernos, que la memoria, la verdad y la justicia no solo es nuestro derecho a repararnos como humanidad sino también nuestra obligación frente a las generaciones que nos precedieron y para las que vendrán, en nuevo tiempo, en un nuevo país, en un mundo como dicen los cumpas zapatistas quepan otros mundos.

El estado descubre su fórmula mágica para destejer la memoria, realza los recuerdos con falsas simbologías, destruye la verdad, establece la mentira, pero los territorios tienen memoria, se emplazan en nuestra alma, nos habitan despertando todos nuestros sentidos, y abren nuestros ojos vendados, nuestras muertas y nuestros muertos, nos hablan al oído y sus palabras fortalecen el corazón, y es ahí cuando tenemos la certeza de que jamás podrán vencernos, que la memoria, la verdad y la justicia no solo es nuestro derecho a repararnos como humanidad sino también nuestra obligación frente a las generaciones que nos precedieron y para las que vendrán, en nuevo tiempo, en un nuevo país, en un mundo como dicen los cumpas zapatistas quepan otros mundos.


