"Cierta vez, para ser más preciso, el 10 de abril de 1867, Marx se
encontró _ no lejos de un lugar conocido como El Pozo de Vargas, en la
provincia de La Rioja_ con el caudillo catamarqueño Felipe Varela. Era
mediodía. Un sol insumiso, luctuoso, hería la tierra y hacía del aire
una carencia ardiente. Sin embargo, allí, la guerra era un destino a
cumplir. En menos de una hora, Varela habría de lanzarse contra las
tropas del santiagueño Taboada. Fue entonces cuando Karl Marx arribó al
campamento y pidió hablar con el caudillo montonero.
Entre alharacas, aspavientos, entre grandes gestos de
asombro, se llegaron hasta la tienda de Varela, del coronel Felipe
Varela, y le dijeron que de una galera polvorienta acababa de descender
un hombre extraño, tan extraño, le dijeron, que era diferente a cuantos
habían visto en su vida, porque tenía una levita negra y por eso parecía
un doctor de Buenos Aires, pero tenía tanto pelo en la cabeza, tanta
patilla, tanto bigote y tanta barba, que esa cabeza semejaba un bosque
de pelo, motivo por el cual, dijeron, si bien por la levita parece un
doctor de Buenos Aires, por la cabeza parece el mismísimo general Juan
Facundo Quiroga, Dios lo tenga en Su santa gloria, tras lo cual "Que
venga" dijo Varela, y casi no fue necesario que lo dijera porque ya
estaba ahí el pintoresco personaje, el cual, indiferente a los tumultos
que había despertado en el campamento, le dijo al coronel "Me llamo
Marx. Karl Marx", y añadió "Soy historiador, economista y doctor en
filosofía", y Varela lo miró concienzudamente y preguntó "¿Doctor en
qué?, y Marx dijo "En filosofía", y Varela dijo "Ninguno de mis hombres
se ha enfermado de eso aún", y Marx lo miró no sin cierta sorpresa pues
tenía sus informaciones sobre Varela y lo sabía hombre entendido, de
modo que ahora no se sorprendió cuando el coronel le dijo "Vamos, don
Marx, ¿cómo no voy a saber yo qué es la filosofía?", y Marx dijo "Me
hubiera sorprendido que así no fuera", y añadió "He oído hablar de
usted. Y si bien sé que no es un hombre letrado, también sé que está muy
lejos de ser un ignorante", y un orgullo cálido, legítimo, se adueñó de
Varela, ya que, seguramente pensó, no cualquier gaucho levantisco, no
cualquier bárbaro y bandolero, como decía de él la prensa de Buenos
Aires, sería capáz de ganarse el respeto de semejante doctorazo, de un
hombre como éste que ahora estaba frente a él, de don Carlos Marx nada
menos, que andaba cambiando la historia con sus ideas, de modo que así
se lo dijo, "Vea don Marx, es un orgullo para mi eso que usted me dice. Y
también es un orgullo recibirlo en mi campamento", y Marx dijo "Tenía
que venir. Tenía que verlo, coronel", y luego de mirar alrededor, y
luego de verificar que esa batalla que era como un destino, que era ya
inminente, inexorable, no había empezado aún, añadió "Por lo que veo, no
he llegado tarde", y Varela sonrió con una alegría transparente,
porque, en verdad, le alegraba tenerlo allí a Carlos Marx, un hombre de
luces que se jugaba por la causa de los oprimidos, y también le alegraba
que Marx tuviera tantos deseos de presenciar la batalla, su batalla, la
del coronel Varela, de modo que, muy orondo, le dijo "No, don Marx, si
más a tiempo no ha podido llegar", y señalando con un amplio gesto a
todos sus valientes expectantes y en armas, añadió "Vea, mire a esos
hombres. Todos saben que están frente a la gloria o la muerte. Pero,
créame, don Marx, tanto a la una como a la otra las recibirán con la
misma fiereza. Conque tranquilícese, don Marx. No ha llegado tarde. La
batalla es inminente. La verá", y Marx movió pesarosamente su gran
cabeza y dijo "Eso es lo que no quiero, verla", y fijando sus ojos en
los de Varela añadió "No quiero ver esa batalla, coronel", y Varela,
claro, se sorprendió y preguntó "¿Cómo? ¿Tan pronto se va a ir? ¿Tantas
leguas ha recorrido y ahora no quiere aguardar siquiera una hora?", y
Marx, entonces, con un tono muy firme, dijo "Si no quiero ver esa
batalla, es porque estoy aquí para impedirla, coronel", y luego, con un
tono ya más apagado, casi, diría, con desesperanza, añadió "Si puedo".
Y ahora fue Varela el que fijó sus ojos en Marx, y hubo en
ellos, en esos ojos, un brillo que debía tener algo de la fiereza con la
que había dicho que sus hombres esperaban la muerte o la gloria, ya que
esos ojos y el brillo que había en ellos impresionaron a Marx, quien lo
escuchó decir "¿Quién lo ha enviado, don Marx? ¿Mitre acaso?", y Marx
dijo "No, no me ha enviado ese general sanguinario", y con un tono ahora
sombrío añadió "Ese general que está tiñendo de sangre los esteron
paraguayos", y, sosegado, dijo entonces Varela "Bueno, mejor así. Si no
está con Mitre está conmigo", y Marx dijo "Es otra la causa que me trae
aquí", y Varela dijo "No hay otra causa en esta tierra. O Mitre o yo. O
Buenos Aires o las Provincias", y Marx, remarcando sus palabras, casi
silabeándolas para tornarlas más transparentes, más penetrantes, dijo
"La causa que me trae aquí es la causa de la Historia", y luego de un
instante, como para permitirle a Varela digerir semejante frase, añadió
"O para ser más preciso, coronel: estoy aquí para informarle a usted a
cerca de la Historia y sus leyes", y entonces Varela se aflojó y,
encogiéndose de hombros, dijo "Ah, bueno, si es por eso nomás, podemos
tomarnos un amargo entonces. ¿Gusta, don Marx?", y Marx sacudió con
energía su cabezota y dijo "No, gracias. Pero ese brevaje que se toman
ustedes a mi me revoluciona las tripas", y Varela sonrió, y empezó
lentamente a echarle agua al mate, y mientras lo hacía y sin dejar de
sonreír, dijo "!Qué don Marx este! Si hasta para hablar de la diarrea
menta la revolución".
Y, ahora, ahí estaban: el ex lugarteniente de Angel Vicente
Peñaloza, el militante de la Unión Americana, el guerrero que, en menos
de una hora lanzaría sus tropas sobre las del santiagueño Taboada, y el
autor del Manifiesto Comunista, de El dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte, el creador del socialismo científico, cuyas leyes, es decir,
las leyes que hacían participar a este socialismo de los rigores de la
Ciencia había ido a explicarle al guerrero de Unión Americana, al
defensor de la causa del interior, al aliado del Paraguay.
"De veras me sorprende tenerlo aquí, Me lo hacía
terminando el primer tomo de El Capital" dijo Varela, y Marx asintió
quedamente y enseguida extrajo de su levita un amplio pañuelo blanco y
se secó esa humedad ardorosa que le perlaba la frente y dijo "Ya he
terminado ese libro. El primer tomo, como bien dice usted. Ahora estoy
escribiendo el prólogo". "Va a ser muy leído ese libro, don Marx", dijo
Varela, "Tanto como mi Proclama. O como el Manifiesto del General Felipe
Varela a los pueblos americanos que estoy preparando. Créamelo. ¿Y sabe
por qué va a ser así?", preguntó Varela, "Porque usted y yo tenemos
mucho que decirles a los desdichados de este mundo. A los castigados por
esa Civilización desalmada que nos quieren imponer".
Y Marx volvió a secarse una vez más su frente húmeda y
ardorosa y dijo "Coronel, tal como usted lo dice, esa Civilización es
desalmada. Pero esa Civilización que usted llama desalmada y que, en
efecto, lo es, es, sin embargo, invencible para usted, coronel", dijo
Marx, y Varela preguntó "¿Por qué es invencible esa Civilización, don
Marx?". "Antes" dijo Marx "de contestarle esa pregunta. Antes de
decirle, coronel, por qué, para usted, al menos, esa Civilización es
invencible, debo llevar a su conocimiento algunos desgraciados sucesos.
Lamento informarle que el día primero de este mes de abril de l867, es
decir, hace apenas nueve días, coronel, las tropas de su aliado el
cuyano Juan Sáa fueron derrotadas por el coronel mitrista Arredondo en
la localidad de San Ignacio", y luego de un silencio que fue como una
oración fúnebre dijo Varela "Tal como usted lo ha dicho, don Marx, un
desgraciado suceso". "Hay más" dijo Marx. "Los vencedores se ensañaron
con los vencidos, coronel. Y los prisioneros fueron degollados", y
Varela sonrió amargamente, como si lejos de sorprenderlo, esa noticia no
hiciera más que confirmarle la naturaleza perversa y sanguinaria del
enemigo que lo enfrentaba, y así lo dijo. "No me sorprende esa saña. Los
salvajes unitarios son así, don Marx. Ellos son los bárbaros. Luego de
asesinar a quien fuera mi jefe, el valiente general Angel Vicente
Peñaloza, le cortaron la cabeza y la exhibieron en una pica. Y ¿sabe
usted qué dijo al enterarse del suceso el general Wenceslao Paunero, ese
sicario de Mitre? Así es la guerra, no se pueden comer huevos sin
romper las cáscaras".
Y Varela chupó con largueza de su bombilla, y Marx lo miró
en silencio, y súbitamente, creyó verlo más flaco, más puro nervio y
hueso, y más triste y desamparado también, no obstante lo cual el
caudillo se rehizo con una presteza que era, sin duda, la vieja memoria
de su viejo orgullo, de su obstinada fiereza de guerrero imbatible, y
dijo "Juan Sáa y sus hombres sabían por qué peleaban y habrán sabido
morir también. Cuando uno defiende una causa justa la muerte no es una
derrota. Ya pueden los salvajes unitarios degollar a miles de los
nuestros, no importa, surgirán otros, don Marx, que vengarán toda
injusticia, toda crueldad", y Marx, muy firme, dijo "Sí, coronel.
Surgirán otros. Y vengarán las injusticias y las crueldades, las de
ustedes y las de ellos, pues ellos también las padecerán", y Varela lo
miró intrigado, sabiendo que se agitaba algo más en las palabras de
Marx, y así, en efecto, era, ya que Marx dijo "Pero esos otros, desde
luego, no serán ustedes. No serán gauchos".
Y Varela alzó su barbilla y niró a Marx casi con altivéz, y
preguntó "¿Y qué serán entonces?", "Serán obreros" respondió Marx, y
Varela secamente dijo "Aquí no hay obreros, don Marx. Sólo gauchos", y
añadió "Obreros hay en Inglaterra. Allí donde usted piensa escribir el
prólogo de El Capital. Si aquí hubiera obreros, ¿por qué no habrían de
estar peleando a nuestro lado? ¿O son mitristas los obreros, don Marx?,
abundó Varela, y Marx meneó su cabezota y alguna sonrisa entre la
resignación y la ironía se abrió paso en medio de tanta pelambre y dijo
"Sí, coronel, los obreros son mitristas", y tuvo que alzar como un rayo
una mano para detener la palabra de Varela, y una vez que hubo
conseguido esto, dijo "Déme un par de minutos, coronel. Sé que en menos
de una hora tiene una batalla. Pero yo no necesito tanto. Solo le pido
un par de minutos", y Varela se sosegó y dijo "No voy a ser yo quien se
los niegue. Adelante, don Marx".
Y Marx dijo "Cuando yo digo que los obreros son mitristas,
coronel, digo que son un resultado del mitrismo. Vea, el mismo año que
le cortaron la cabeza a su jefe Peñaloza apareció en Buenos Aires el
periódico El Artesano. ¿Me entiende? El primer periódico obrero de este
país. Los obreros, coronel, son un fruto de la política mitrista, pero
al engendrarlos, Mitre engendra a quienes habrán de cavar su sepultura.
La historia es así; cada nueva forma contiene el gérmen que habrá de
destruirla. Todo esto no es simple, y yo lo estoy haciendo más simple
aún porque el tiempo apremia, porque usted tiene una batalla y yo quiero
impedirla", dijo Marx, y Varela, que había escuchado apasionadamente
las palabras de Marx, preguntó "¿Por qué, don Marx? ¿Por qué quiere
impedir esa batalla?", y Marx respondió "Porque me entristece que se
derrame en vano la sangre de tantos valientes. La sangre de sus hombres,
coronel". "¿Por qué en vano, don Marx? ¿Por qué para usted está tan
condenada nuestra causa?" preguntó Varela.
Y Marx respondió largamente "Porque Mitre está trayendo
contra usted los mejores regimientos del frente paraguayo. Porque esos
regimientos tienen las armas mortales del progreso. Traen cañones Krupp,
fusiles Remington. Demasiado para sus lanzas, coronel, aun cuando con
tanto coraje las empuñen sus hombres. Porque usted, coronel, representa
un órden económico arcaico. Porque su economía es artesanal, primitiva,
feudal y, si me permite el término, pero lo juro, coronel, no hay otro,
precapitalista. Y, por último, coronel Varela, porque Mitre, con todas
sus crueldades y su infinita mezquindad, es un aliado de la Europa
capitalista, a la que arrojará sobre estos campos históricamente
estériles, y, entonces, coronel, al sistema arcaico, artesanal y
precapitalista de los suyos, lo superará el moderno sistema de
producción capitalista, con sus fábricas, sus obreros y sus sindicatos. Y
ellos, estos obreros traídos a estas tierras por la política del
sanguinario general Mitre, ellos, coronel, no sé cuando, pero un día,
inexorablemente, derrotarán a Mitre, porque ellos, coronel, son la
negación, la condena que lleva en sí el sistema que Mitre tiene la
misión histórica de imponer en este país", dijo largamente Marx.
Varela lo escuchó en silencio, con respeto, porque
respetaba a Marx, tal como el cabezón barbado lo respetaba a él, a
Varela, pero al respeto de Varela se le sumaba un deslumbramiento hondo
por la sabiduría de Marx, aún cuando en esa sabiduría latiera su
condena, y fue así entonces que Varela dijo "Usted, don Marx, me dice
que esos obreros derrotarán a Mitre inexorablemente, pero no sabe
decirme cuándo". "Se lo dije, no sé cuando, pero es inevitable que Mitre
triunfe antes para que esos obreros lo derroten después", dijo Marx, y
Varela preguntó "¿Y por qué no me deja intentar a mi esa empresa ahora?
Están allí, en lo de Vargas. Son los sicarios de Mitre. Son el mismísimo
Mitre. Ha tenido que sustraer innumerables tropas del frente paraguayo
para atacarme. Tan poca cosa no debo ser, don Marx. ¿Por qué no habrían
de derrotarlos ahora el coronel Varela y sus montoneros?".
Y Marx dijo "Porque aunque usted los derrote hoy nada cambiará mañana.
Escuche, coronel: hay una finalidad en la historia. Y esa finalidad dice
que lo nuevo supera a lo viejo. Mitre está haciendo lo que debe ser
hecho, Mitre está montado sobre el sentido de la historia. En su forma
torpe, petulante, sanguinaria, él representa lo necesario. Y escuche
algo más, coronel, porque voy a decirle una temeridad. Si usted,
coronel, gana esta batalla, la que estallará en menos de media hora ya, y
si usted, luego de ganar esta batalla, gana también todas las otras, y
si usted, en fin, gana todas las batallas contra Mitre y lo derrota, y
se adueña del poder, y se aposenta en el mismísimo Fuerte de Buenos
Aires, entonces, usted, coronel Varela, no tendrá posibilidad alguna más
que hacer una política idéntica a la de Mitre. ¿O usted cree que
Inglaterra permitirá otra cosa? ¿Acaso se lo ha permitido a Solano
López? ¿Por qué está siendo ahogado en sangre Paraguay?". Y el cabezón
barbado hablaba con pasión dialéctica pero también con lo mejor de su
humanismo revolucionario, pues no hubo indiferencia, ni mera
certificación lógica cuando dijo esa frase, cuando dijo que el Paraguay
estaba siendo ahogado en sangre, razón por la cual Varela, que ya lo
respetaba inmensamente por su inteligencia, también lo respetó ahora por
el dolor que le producía a Marx el trágico destino de estos pueblos, y
fue entonces, en medio de estos hondos sentimientos, que preguntó el
coronel Varela "¿Y quién vengará esta devastación? ¿O quedará impune
tanta sangre derramada?", y dijo Marx "La burguesía, engendra a su
propio verdugos. Las iniquidades del general Mitre serán vengadas por
los proletarios argentinos". "Insisto, don Marx: ¿cuándo?", y Marx
respondió "Insisto, coronel: no lo sé".
Y entonces Varela hizo a un lado a Marx, se dirigió hacia la
salida de la tienda, se detuvo aquí un instante, de espaldas, como si
estuviera meditando hondamente las palabras que diría, giró, buscó con
su mirada la de Marx, y dijo "Si usted no puede decirme cuándo, eso para
mí es nunca. Y yo tengo que pelear ahora". "Peleará en vano, Su lucha
es imposible, coronel", dijo Marx, y Varela dijo "Permítale a este
soldado testarudo, a este Quijote de los Andes, a este, según lo ha
dicho usted, precapitalista, decirle una verdad: siempre, a lo largo de
todas las épocas, les han dicho a los oprimidos que su lucha era
imposible. También se lo dirán a sus proletarios", y Marx preguntó "¿Vá a
dar la batalla entonces?", y Varela respondió "Ya mismo", y preguntó
"¿No se queda a presenciarla?". "No. Ya sé el resultado", dijo Marx, y
Varela dijo "Yo no", y entonces Marx le tendió su mano al coronel y éste
se la estrechó con fuerza antes de salir de la tienda para arengar a
sus hombres."
"La astucia de la razón", ed. Página 12.







