Rosa
Luxemburgo (1871-1919) fue una de las marxistas que, en tanto educadora
popular, más esfuerzos destinó en favor de los procesos formativos como
algo prioritario para la militancia. Paradójica y erróneamente, se la
sigue caricaturizando como una “espontaneísta” que denostaba la teoría y
la necesidad de la organización política, algo alejado por completo de
su concepción revolucionaria. Desde sus primeros pasos como activista
clandestina en su Polonia natal, hasta su destacado papel en el seno de
la izquierda alemana y europea, siempre abogó por construir y dotar de
centralidad a los espacios orgánicos y a los momentos del
autoaprendizaje de las masas.
De hecho, al
poco tiempo de sumarse a militar en Alemania es invitada a incorporarse
en la escuela de formación del Partido Socialdemócrata por su
experiencia en ese plano. Salvo en los diferentes interregnos que estuvo
encarcelada, Rosa dedicó buena parte de su militancia diaria a esta
tarea, a razón de cuatro veces por semana, desde 1907 hasta 1914
(momento en el que, como consecuencia de su agitación contra la guerra,
sufrirá sucesivos y prolongados períodos de encierro en la cárcel). En
los talleres y cursos que coordinaba por aquellos años, no permitía que
se tomasen notas en el momento, ya que consideraba que era mejor que
quienes asistían pudiesen seguir, sin interrupción y con la mayor
atención posible, la dinámica de intercambio y exposición que orientaba a
cada encuentro. “Uno no quiere simplemente repetir”, convertirse “en un fonógrafo”, sino “recoger material fresco para cada nuevo curso, ampliar, cambiar, mejorar”, que se fomente la discusión y “un tratamiento profundo de la materia mediante preguntas y conversación”, confesará en una de sus cartas.
Una parte
sustancial de estas clases, en cuyos borradores Rosa trabajó para su
publicación incluso durante los años que estuvo en la cárcel, fue
editada póstumamente bajo el título de Introducción a la economía política, y vale la pena leer estos manuscritos porque no solamente desmitifica en ellos al pensamiento de los “sabios burgueses”,
sino debido a que aborda de manera detallada -y hasta reivindica- las
formas comunitarias de vida social existentes en la periferia del mundo
capitalista, entre ellas las de los pueblos indígenas que aún perduran
hoy en día en Nuestra América. Podemos imaginarnos lo que implicó que
una mujer, polaca y judía ingrese como “profesora” en ese espacio
construido y habitado casi de manera exclusiva por hombres, que además
de subestimar la capacidad intelectual y política de las mujeres, en no
pocas ocasiones reproducían los peores prejuicios antisemitas.
Hoy sabemos
que la batalla de Rosa fue en varios frentes: contra el capitalismo como
sistema de dominación múltiple, que además de intensificar la
explotación de la clase trabajadora, exacerbaba el militarismo bélico y
desplazaba su crisis hacia los países coloniales y la periferia global a
través de la acumulación por despojo, pero también contra lo que Raya
Dunayevskaya llamó “chauvinismo masculino”, que imbuía al propio partido
en el que ella militaba, incluyendo a sus principales referentes
teóricos y políticos, Karl Kautsky y August Bebel. Algunos de sus textos
más disruptivos son producto de las querellas libradas contra las
tendencias burocráticas al interior de la organización, que subestimaban
de manera simétrica la capacidad de lucha y autoconsciencia de las
clases populares. Uno de sus primeros escritos ¿Reforma o revolución?,
constituye una brillante respuesta a las hipótesis reformistas de
Eduard Bernstein, donde además explicita la centralidad del estudio y la
discusión teórica: “no se puede arrojar contra los obreros insulto más grosero ni calumnia más indigna -dirá- que la frase ‘las polémicas teóricas son sólo para académicos’”. Es que para ella, como afirmará en una de sus cartas, “el
socialismo no es precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino
un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo”, por lo que la disputa intelectual y la formación política tenían una relevancia ineludible.
Pero esto no
significaba desmerecer las acciones militantes en la calle, sino por el
contrario concebirlas, también, como profundamente formativas, en un
ida y vuelta con la reflexión crítica. Huelga de masas, partidos y sindicatos,
otro de sus libros más sugerentes, es un claro ejemplo de su concepción
dialéctica de la realidad y del autoaprendizaje en torno a ella. A
partir de la reconstrucción y análisis del proceso revolucionario vivido
en Rusia en 1905, demuestra cómo la supuesta “espontaneidad” de las
masas populares en las calles y barricadas de ese “bárbaro” país
oriental, tenía mucho para enseñarle a la cómoda dirigencia
socialdemócrata de Alemania e incluso al conjunto de Europa, respecto de
cuál era el horizonte de lucha al que apuntar: “un año de revolución
ha dado al proletariado ruso esa ‘educación’ que treinta años de luchas
parlamentarias y sindicales no pueden dar artificialmente al
proletariado alemán”, sentenciará en sus páginas más ardientes. Tal
enfado generó este opúsculo escrito por Rosa, que la dirección de los
adormecidos sindicatos alemanes decidirá destruir e incendiar la edición
que esperaba ser difundida por esas tierras. Este texto en particular
brinda una enseñanza vital en términos formativos, debido a que postula
que la experiencia práctica, el aprender haciendo, resulta fundamental en el proceso autoeducativo de las masas en su caminar revolucionario.
En el
contexto del desencadenamiento de la primera guerra mundial, Rosa
utilizará su pluma -bajo seudónimos varios- como arma de combate y
polémica contra las fuerzas nacionalistas que instaban al
intervencionismo militar alemán en el conflicto bélico y advertirá sobre
una disyuntiva civilizatoria que pasará a la historia como consigna de
las causas populares a nivel mundial: “¡Socialismo o barbarie!”.
Pero también tendrá oportunidad de realizar una lectura crítica de los
primeros momentos del proceso revolucionario vivido en la Rusia
soviética de 1917. Escrito entre rejas, el manuscrito Crítica de la Revolución Rusa
resulta un texto clave no solamente para todo proyecto de formación
política en cuanto a su método de análisis y autocrítica fraterna desde
el marxismo, sino porque en él se explicita la centralidad que este tipo
de propuestas adquiere en la transición al socialismo, e incluso antes
de él. “El dominio de clase burgués -dirá Rosa sin medias tintas- no
tenía necesidad de una instrucción y de una educación política de las
masas populares, por lo menos más allá de ciertos límites muy estrechos.
Para la dictadura proletaria, en cambio, ambas cosas constituyen el
elemento vital, el aire, sin el cual no podría subsistir”. En efecto, la nueva sociedad implica la participación activa y consciente del pueblo, razón por la cual “la práctica socialista exige una completa transformación espiritual en las masas degradadas por siglo de dominación burguesa”. De acuerdo a la militante espartaquista, “la escuela misma de la vida pública, de la más ilimitada y amplia democracia, de la opinión pública”, es lo que iba a permitir el avance hacia un socialismo no burocratizado ni autoritario. Por ello concluirá afirmando que “la democracia socialista no comienza solamente en la tierra prometida”, sino que debe prefigurarse en el presente, ensayarse como proyecto formativo de autogobierno cotidiano.
Incluso en
los momentos más duros y adversos, Rosa no temió ejercitar de manera
fraterna y honesta la autocrítica, en aras de evitar un desencuentro
cada vez mayor entre libertad e igualdad, algo que vislumbraba como
peligro en la Rusia soviética: “La libertad sólo para los que apoyan
al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que este
sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre libertad para
el que piensa de manera diferente”, se atrevió a advertirles de
manera premonitoria a los camaradas bolcheviques en uno de los párrafos
finales de su manuscrito, donde a la vez denuncia la falta de canales de
participación real de las masas y la ausencia de debate público en
torno a los principales problemas que aquejaban al proceso
revolucionario. Sin embargo, sus propios compañeros espartaquistas la
regañaron y le sugirieron no difundir el escrito producido por ella en
la cárcel, por miedo a que le hiciera “el juego a la derecha”.
A
contrapelo, para Rosa el análisis autocrítico y (en caso de ser
necesaria) la rectificación, constituían un ejercicio teórico-político
ineludible, ya que según su convicción, flaco favor se le hace a los
proyectos emancipatorios si la militancia se convierte en mera
aplaudidora de sus virtudes y, “haciendo de la necesidad virtud”,
omite sus contradicciones, ambigüedades, errores y flaquezas por temor a
ser excomulgada o considerada “traidora”. Hay que asumirlo de una vez
por todas: ausencia de reflexión crítica, estancamiento y dogmatización
van de la mano, y de acuerdo a Rosa nos sumergen en un círculo vicioso
del que es cada vez más difícil salir.
Por ello,
además del ejercicio de la autocrítica como una responsabilidad ética de
todo/a militante, para ella resultaba imperioso romper con dos flagelos
que, de una u otra manera, tienden a permear a buena parte de las
organizaciones de izquierda: “recaer en la secta o precipitarse en el movimiento reformista burgués”.
Para superar ambos vicios que rascan donde ni pica, se requiere según
Rosa establecer un nexo dialéctico entre, por un lado, las múltiples
luchas cotidianas que despliegan las clases populares y, por el otro, el
objetivo final de trastocamiento integral del capitalismo como sistema,
de manera tal que cada una de esas resistencias, potenciadas entre sí,
devengan mecanismos de ruptura y focos de contrapoder, que aporten al
fortalecimiento de una visión estratégica global y reimpulsen, al mismo
tiempo, aquellas exigencias y demandas parciales desde una perspectiva
de largo aliento.
Esta es, en
última instancia, la verdadera diferencia sustancial entre una
perspectiva socialista y una de tipo reformista: mientras que la primera
considera siempre las reivindicaciones inmediatas y las conquistas
parciales en relación con el proceso histórico contemplado en toda su
complejidad y apostando al fortalecimiento de un poder popular y de
clase antagónico, en la segunda se evidencia la ausencia total de
referencia al conjunto de las relaciones que constituyen a la sociedad
capitalista como sistema de dominación múltiple, lo que lleva a
desgastarse en la rutina de la pequeña lucha cotidiana por reformas que
-al no estar conectadas con el objetivo final de ruptura y superación
revolucionaria del orden burgués- terminan perpetuando la subordinación
de las clases populares.
En plena
ebullición obrera en las calles de Berlín, y pocas horas antes de ser
asesinada junto a Karl Liebknecht el 15 de enero de 1919, Rosa no dudó
en redoblar su confianza en la capacidad autoemancipatoria de las masas,
exclamando: “El liderazgo ha fallado. Incluso así, el liderazgo
puede y debe ser regenerado desde las masas. Las masas son el elemento
decisivo, ellas son el pilar sobre el que se construirá la victoria
final de la revolución. Las masas estuvieron a la altura; ellas han
convertido esta derrota en una de las derrotas históricas que serán el
orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Y esto es por lo que
la victoria futura surgirá de esta derrota”. A la vuelta de la
historia, y en un nuevo aniversario de su desaparición física, su
herencia se mantiene más viva que nunca en la infinidad de proyectos e
iniciativas que germinan, desde abajo y a la izquierda, en diversas
latitudes del mundo, con la plena certeza de que muchas derrotas
renacerán -más temprano que tarde- como luminosas victorias. Porque las
revoluciones venideras serán la conquista del pan, pero también el
florecimiento de las Rosas.
